Ayer acabamos la décima temporada de la serie danesa Badehotellet, que en À Punt se tradujo como El Balneario.


El último episodio es especialmente osado para un formato de soap opera. Plantea temas que raramente se abordan con tanta frontalidad en un drama costumbrista: el dolor de los alemanes tras la guerra, el sentido de la vida a los 75 años, la necesidad de gratitud hacia la herencia cultural recibida, la justicia de los juicios de Núremberg, el eterno pulso entre regulación y libertad, o incluso el egoísmo ciego del negocio inmobiliario.
Para un producto de apariencia ligera, el planteamiento es sorprendentemente valiente, sobre todo en su apuesta por el gradualismo y la transaccionalidad.

A lo largo de la serie, todos los personajes muestran algún rasgo odioso, profundamente arraigado. Incluso la indolencia de uno de ellos llega a exasperar. Pero, al mismo tiempo, todos tienen una faceta amable que te seduce.
El secreto del progreso escandinavo está repartido, en dosis pequeñas, a lo largo de todos los capítulos, pero estalla en el último episodio. Antes de romper, es mejor retroceder. Más allá de las metáforas de “tiempos de rasgar y coser” en la historia, la transaccionalidad escandinava aparece como la estrategia más inteligente: retroceder antes de destruir el vínculo, escuchar antes de decidir, valorar lo que puedes perder por encima de tu propio interés, negociar y transaccionar en la vida más allá del dinero.

Todos los personajes lo hacen, como todos los partidos lo hacen en Borgen. En Hotellet, siempre hay tiempo para sentarse y hablar. Igual que en Borgen, existe esa pausa para dar un paseo político por las caballerizas o junto al río, para llegar a acuerdos antes de tensar tanto la cuerda que se rompa el delicado equilibrio que nos sostiene.
Cada personaje afirma su personalidad tanto como convive y comparte con el resto. Con pocos reproches, con firmeza incluso en el perdón, con reconciliación tras la guerra. Hasta los nazis acaban recibiendo un abrazo intelectual e histórico. Los que se equivocan son perdonados; los que aciertan, son capaces de perdonar.

El secreto escandinavo podría resumirse así: entender que las revoluciones son una forma de resolver conflictos sin resolver problemas.
En su lugar, prefieren la negociación lenta, la cesión parcial y el pacto continuo. No es épico, pero es eficaz. Y, sobre todo, mantiene viva la convivencia cuando otros modelos ya han saltado por los aires.