El día de Navidad se convirtió de manera involutaria en un maratón de la segunda entrega de The White Lotus. Me adentré con escepticismo en la segunda parte sabiendo que una idea genial estirada se convierte en una prolongación en declive. Aún así diría que vale la pena pagar un mes de HBO solamente por verla.
Desde el inicio permite degustar un trabajo en equipo para construir una arquitectura completa donde la imagen, el texto, la escenografia y la música trabajan de manera deliciosamente paralela hacia un mismo destino. Todos los personajes hablan: habla el lugar, hablan las paredes, hablan las obras de arte, habla el mar, hablan las calles y toda esa conversación te sumerge y te ahoga hasta desear el asesinato como único desenlace posible.
La arquitectura del ritmo narrativo vuelve a crear un crescendo maravilloso esta vez con más gasto en producción y menos en imaginación. Aunque varios personajes resultan estereotipados y los diálogos son menos densos sigue manteniendo la idea original de caricaturizar la caida del imperio romano de nuestro ahora menos perceptible. Por suerte, y abandonando uno de los lugares comunes de la ficción norteamericana, los buenos se equivocan y los malos a veces ganan, lo que pone en cuestión la misma definición de bueno y malo.
Mención aparte merece la intro. Cada vez más las intros de las series son más merecedoras de permanecer y disfrutarlas. Se suele intentar a través de la música pero The White Lotus lo borda esta vez aprovechando los recursos disponibles, haciendo reciclaje del rodaje, usando los frescos de las paredes de la escenografia para advertir de sus intenciones. Después de cada capitulo conviene ver la intro para comprobar cómo hay un narrador que no se esconde y nos advierte de las intenciones de la historia.
Soslayaremos la visón estereotipada de la Italia desvergonzada y despreocupada que desde un sitio tan etnocéntrico como los Estados Unidos sostiene la trama. Y lo haremos porque también son capaces de burlarse en la cara de sus propios estereotipos caricaturizando personajes que rozan el rídiculo sublimando la idea de sarcasmo explícito pero invisible. En efecto, puede que para muchas personas la actitud de algunos personajes made in USA pueda pasar inadvertida al constituir la esencia de la "normalidad" pero los guionistas sostienen en pie una falla que nunca quema, la hoguera de las vanidades de Occidente con la mayor carga de combustible posible.
Mi mente ideológica advierte mi mayor envidia, admiración y complicidad con unos guionistas que consiguen esconder tantos mensajes subliminales tras la palabra "víctima" que da la sensación de estar ante la constante erupción del volcán Etna, invisible por constante y subyacente.
Los diálogos son intermitentemente geniales con puntas de gloriosa profundidad y valles de gloriosa frivolidad. Cada historia canta en coro una canción parecida con letra diferente. Cada personaje te interroga sobre ti mismo. Cada historia construye una espiral sedimentada en tantas capas que algunas de ellas escapan a mis posibilidades. Me gustaría tener conocimientos de historia del arte para advertir y entender más detalles. Conocimientos sobre opera para sumergirme en lo trágico de la muerte anunciada desde el inicio. Una muerte que se convierte en ansiada y necesaria. Una muerte a la caza de una víctima perfecta que encaje en tus deseos de catarsis.
The White Lotus deja que todo fluya cortando la respiración. Es un cluedo inverso donde no importa saber quien lo hizo sino quien mereció morir.
Torrentino parece haber creado escuela. Diálogos, lugares y coreografias parecen arrancadas de su manera de poner la cámara y contar la historia. Es bueno que los genios tengan discipulos, imitadores y aprendices.
Una serie dulcemente ácida donde el sufrimiento de las élites inagura un circo romano para las clases populares. Un circo romano donde los gladiadores son infelizmente señalados con el dedo hacia abajo. Por fin, alguien cuestiona con misiles de autodefensa el aspiracionismo social como una estupidez colectiva. Y aunque repita demasiados esquemas inevitables, como el conflicto del deseo reprimido, hay otros que vale la pena repetir como la condescendencia del redentor ilustrado a la búsqueda de su rescate victimista.
Quizá valga la pena repetir esas historias. Quizá valga la pena subrayarlas e incluso abandonar lo sútil de la ironía y el humor negro para recordar que efectivamente The White Lotus somos nosotros navegando en un yate de la opulencia, desayunando frente al mar del capricho, durmiendo en camas de seguridad mientras el mundo se desmorona. Ignorantes de que realmente el mundo siempre ha estado desmoronándose bajo un relato al que llamamos progreso.
Vale la pena cada itinerario, cada personaje hace un viaje hacia la decepción ilusionante, hacia la esperanza decepcionante, un grito para seguir adelante mientras podamos seguir sentados sobre un polvorín de ingenuidad escuchando un cuento que cada noche acaba después de habernos dormido.

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