La mayor parte de los neurodivergentes sabemos que algo nos diferencia desde pequeños. Depende de los itinerarios vitales lo podemos acusar más o menos, lo podemos manifestar más o menos pero sabemos que nuestra mente no funciona igual que la mayoría. En mi caso fue muy evidente porque tengo un problema alimentario que ha limitado mucho mis oportunidades. O quizá yo elegí que ese problema me limitara. Hoy hablaremos de eso. De los límites. De mis límites. De los límites de cada uno.
La psicologia positiva se ha encargado de hacernos creer que cualquiera puede hacer cualquier cosa si se lo propone de verdad. No es cierto. Tenemos límites. Al menos yo lo vivo así. Es cierto que muchas cosas se pueden conseguir con la repetición y el entrenamiento incluso con una manifiesta falta de aptitudes, pero no saber cuales son tus fortalezas y tus debilidades pensando que puedes ser lo que quieras ser, puede conducirte hacia un abismo.
Yo caí en la trampa. Durante los primeros 25 años de mi vida me mantuve en la zona de confort de un niño tímido e introvertido que disfrutaba su gran pasión por el futbol e intentaba sacar las mejores notas posibles.
A los 26 más o menos murió el cantante de un grupo muy importante para mi. Eso me puso frente al espejo. Dicen que hay dos vidas. La primera es la que todo el mundo vive. La segunda empieza cuando te das cuenta que solamente hay una. Cada uno se pone frente al espejo por diversas razones. Esa muerte me planteó mi primera gran reflexión sobre el paso del tiempo y la pérdida de "las oportunidades" o los "momentos" necesarios de un itinerario vital.
Nunca me había gustado salir por la noche. La primera vez que salí volví asustado. El mismo problema alimentario que tenía me limitaba también la bebida así que soy una persona que no soporto beber nada con gas y el sabor del alcohol fermentado o destilado me da un poco de asco. Mientras mi vida fue jugar al futbol tuve la coartada perfecta para no salir pero eso un día se acabó. Ya no tenía sentido jugar al futbol arrastrándose por malos campos con malos equipos siendo un mal jugador.
Así que me reté a salir de la zona de confort con la idea de que debía ser "como los demás", salir como los demás y beber como los demás. Pero yo no podía ser como los demás porque no tengo la mente como la de los demás. Me cuesta gestionar la acumulación sensorial de luces y sonidos. Es más, si suena alguna música mi mente estará con la música en primer plano. Me gusta mucho la musica. Seguramente más que las conversaciones de bar. Por lo que he podido comprobar los neurotípicos jerarquizan los sonidos y pueden conversar con música de fondo. Yo puedo hacerlo pero me tengo que concentrar mucho para ello. Así que para ser como los demás había que socializar en un espacio oscuro, con luces intermitentes, mucha gente en movimiento que te empuja o te toca, con una música que impide la conversación y la única salida para aguantar era ingerir la cantidad de alcohol suficiente para cada expectativa de noche.
Esta sería una historia de un cuento clásico de masking de libro si no fuera porque no solo reté mi mente a sostener la socialización nocturna más allá de sus posibilidades.
También decidí que mi personalidad era defectuosa y no me resultaba suficiente, necesitaba romper con la timidez y con la introversión como si eso fuera posible. Necesitaba una nueva personalidad para una nueva vida como si fuera Clark Kent y Superman. Así que fuí construyendo retos. El reto de hablar en público. Después el reto de cantar en público. Y a cada reto iba forzando mi yo interno a ser otra persona.
Cada ensayo del grupo de música con un volumen altísimo era un esfuerzo que los demás parecían disfrutar. Yo salía exhausto. Cada asamblea o cada reunión del mundo ideològico en el que me movía era un chute de adrenalina que después habia que gestionar hacia abajo. Mi mente siempre ha tenido conversaciones ficticias que generan emociones reales. Esas conversaciones son mi yo, para bien y para mal.
Me obligué a viajar con miedo. El miedo de no saber nunca si vas a comer o lo que vas a comer. Se llama hiperselectividad alimentaria y muchos neurodivergentes dentro del espectro la tienen y la entienden. Hay alimentos que simplemente olerlos, verlos o meterlos en la boca me producen nauseas. Es superior a mis fuerzas. No lo puedo evitar incluso con 50 años y tras mucho esfuerzo por asumir racionalmente una dieta equilibrada. Aún hoy me da asco el olor del queso o no puedo notar en la boca un hueso.
Viajar para mi es un esfuerzo. Un reto al que me expongo voluntariamente porque mi mente racional sabe que al pasar el tiempo amortizaré ese esfuerzo con el choque cultural. Además me relaja dejar de ser mis circunstancias. En los viajes puedo volver a ser un niño que mira por la ventana y nada más porque nadie espera nada de mi. Pero no deja de ser un esfuerzo. El esfuerzo de quedarte dentro del presupuesto, el esfuerzo de decidir bien, de orientarte bien, de afrontar nuevos horarios, de dormir en una cama nueva, con una almohada nueva. Para mucha gente esto no genera ninguna disfunción. Para mi cada cosa suma y necesito superarlo como el que entrena para una carrera de fondo. Sabe que tiene que sufrir pero la meta merece la pena.
Así que entré en una espiral donde la introversión tenía que ser extraversión, la timidez tenia que renacer en carisma, la impaciencia debia dejar paso a la serenidad de la espera grupal y la creatividad debía ser individual y solitaria.
Hace poco releí algo que escribí en aquella época y solo pude sentir pena de la soledad en la que me movía. Desde pequeño sabes que eres raro. Ser raro en gran parte es ser único. Todo el mundo es único pero la mayoría cree ser normal. Tu sabes que estas solo. Que no hay nadie más cómo tú. Que no hay nadie más que tenga la obsesión que tu tienes por las mismas cosas, nadie que se salte pasos intuitivos a la misma velocidad, nadie que se canse tan pronto como tu de determinadas cosas y disfrute tanto de otras. Todo el mundo es único pero tu eres el único solitario.
Me castigué por ser yo y quise convertirme en otra persona. Mi mente y mi cuerpo fueron de la mano durante la mitad de mi vida hasta que mi mente decidió emanciparse. Mi cuerpo intentó seguirla. Intentó ser ese personaje con carisma, capacidad de liderazgo, energia, ilusión, esperanza, análisis, perspectiva y fortaleza.
A los 45 años decidí hacerme pruebas tras leer sobre cosas de superdotación y alta capacidad que parecían sacadas de la mente de aquel joven al que le regalaron un ordenador como premio por su licenciatura en derecho. Quizá sin el ordenador nunca hubiera explosionado la creatividad y nunca hubiera descubierto nada de mi mismo. Es importante saber quien eres para saber con qué disfrutas y con qué sufres. Es importante saberlo y aceptarlo. Saber cuando y cuánto puedes vivir contra ti mismo o a tu favor. Por eso es importante la detección temprana. Para responder a esa pregunta tan dificil: "lo que me pasa es normal?" y poder dar una respuesta tan sencilla como "sí, cariño... les pasa a todos los niños/as como tú".

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