Borgen fue la ventana que me permitió entrar en el universo de Dinamarca. Para mi es la mejor serie sobre política que he visto. En uno de los episodios el partido socialdemócrata danés tiene un especial papel protagonista. El máximo dirigente aparece caracterizado como alguien desubicado, sin contexto, alguien incapaz de entender el mundo.
El protagonista proviene de las luchas sindicales obreras y aparece como un inadaptado y triste fantasma que habita el castillo de la poítica arrastrando las cadenas de un tiempo que ya no existe.
He de confesar que últimamente me siento así. Yo soy, como le dijo un amigo a Eduardo Madina: "un socialdemócrata de mierda" y vago desnortado intentando entender el nuevo orden mundial polarizado por cuestiones postmaterialistas relacionadas con la identidad.
Sé exactamente el momento en el que eso sucedió: fue en el 15M. Me empecé a dar cuenta de la falta de rigor y de seriedad de los acampados. Era para mi un infantilismo político lleno de brindis, deseos y cartas a los reyes. Da la sensación de que, perdida la batalla del modelo económico, los dogmas se han trasladado a las batallas culturales divisivas construidas sobre una neolengua frecuente en los movimientos de inspiración marxista.
Los viejos socialdemócratas de Borgen se aferran a la importancia de la cohesión social, la redistribución de rentas de manera directa, indirecta y diferida pero ya no tienen hueco en una agenda repleta de patrias, símbolos, lenguaje, antropologia y zascas virales.
¿Quiénes son los que no interpretan correctamente la realidad? La democracia es un juego de mayorías así que una mayoría equivocada puede ser la verdad, la normalidad e incluso la realidad. Sin embargo, la creciente deformación de los liderazgos hacia lo histriónico, la distancia ideológica instalada en trincheras de francotiradores donde no hay ni aliados ni prisioneros parece indicar que el mundo puede estar atravesando una periodo de alienación de grupo parecida a la del primer tercio del siglo XX.
En geoestrategia Europa no és más que ese viejo socialdemócrata de Borgen que envejecido asiste a cambios impulsados por la energia de adanistas culturales vencedores de pequeñas batallas y perdedores de grandes guerras. China y Estados Unidos miran a la vieja Europa con condescendencia. Somos simplemente un mercado. La Europa que construyeron los socialdemócratas y los demócratas cristianos basada en una idea liberal y abierta en los valores morales y social en la perspectiva económica es una anciana sentada en un banco dando de comer a las palomas.
Parece que alguien quiere recoger el téstigo de los padres de la patria europea subidos a lomos de un caballo ganador verde pero las trincheras son demasiados profundas para levantar la cabeza y mirar el campo de batalla. Y además, hay que tener cuidado con el fuego amigo. Vivimos en un laberinto revisionista y revanchista cuya salida todavía no sabemos donde conduce.
Como el viejo socialdemócrata de Borgen vivo en un asombro constante, sin autoestima ideológica, con autocensura flagelante, consciente de que vamos en un coche que todo el mundo quiere conducir y nadie consigue dominar camino de un muro de realidad y frustración. Y nada parece posible porque lo imposible domina el tablero.
Solo se me ocurre cerrar los ojos y esperar que esto solo sea la montaña rusa de un parque de atracciones.

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