Cada mañana me despierto triste. Es como si soñara tristeza y la tuviera que expulsar por la mañana. Empieza a salir al levantarme y voy consiguiendo vencerla poco a poco a base de no mirarla de frente. Sigo con mi rutina matinal sin hacer demasiado caso a la tristeza. Sé que la tengo detras. Es mi sombra cuando no hay luz. Trato de despertarme poco a poco. Me despierto pero no me levanto. Me ducho. Me visto. Todavía no estoy despierto del todo. No podria hablar con alguien todavía. Seria demasiado estrés. Por eso cuando alguién me habla de buena mañana le parezco tosco o brusco. Contesto solo con monosílabos. Me levanto cansado y moribundo, como diría Ismael Serrano. Los monosílabos son la capacidad verbal creciente que llegará a su punto culminante a eso de las seis de la tarde. Poco a poco voy incoporando verbos, adjetivos, artículos y a partir del mediodía incluso frases subordinadas o pensamientos complejos. Imagino que todo esto no ayudó cuando debía atender al público en una oficina de una caja de ahorros.
Prefiero el silencio por la mañana. Trato de recuperarme de una larga noche de sueños o pesadillas que nunca recuerdo. Probablemente alguien me haya perseguido para matarme, quizá haya tenido que volver a trabajar en el banco, puede que haya descubierto que todavía tengo asignaturas por aprobar de la EGB o que no me hayan avisado de que tengo un examen. La cuestión es que me levanto sin estar despierto.
Creo que siempre he tenido altas expectativas. Altas expectativas implican también una baja percepción de tus posibilidades. Primero pensé que podria ser futbolista. Poco a poco fuí bajando mis expectativas basadas en una mala percepción de mis habilidades y capacidades. Primero fuí olvidando la posibilidad de jugar en primera, en segunda hasta que me dí cuenta de que solo podía jugar donde estaba jugando: en la categoría más baja del fútbol. Entonces pensé que quizá todo lo que sabía de futbol podría hacerme un buen entrenador o un buen periodista deportivo. Hice el primer curso de entrenador. Saqué sobresaliente como siempre pero, como siempre, me aburrí mientras lo dominaba. Me aburrí del Derecho mientras lo dominaba, me aburrí de la política mientras la dominaba y hasta me aburrí de mi mismo mientras me dominaba.
Siempre he pensado que podria hacer algo bien. Lo suficientemente bien para disfrutar haciéndolo y además obtener un mínimo reconocimiento. He intentado hacer tantas cosas bien que no he conseguido hacer ninguna bien el tiempo suficiente como para que el mundo descubra si lo que estoy haciendo es bueno o no. Hacerlo algo bien implica hacerlo de manera perseverante. No vale un destello. No es suficiente una chispa para que todo arda. Ni siquiera la perseverancia asegura la suerte. Ni siquiera la suerte asegura el reconomiento. Pero mi dolor es más profundo. Me gustaría hacer algo que me alejara del aburrimiento. A veces encuentro algo nuevo que me ilusiona pero no encuentro a nadie con quien compartirlo. Ahora que mi sobrino tiene actividad creativa y me resulta imposible seguirlo me doy cuenta de quien soy. Es dificil seguirme. La gente tiene luchas propias en lo cotidiano como para encontrar un momento en el que prestarte atención. Sin validación externa me estanco. Si no consigo que alguién me diga si lo que he hecho tiene valor parece no tener valor. Yo sé cuándo he hecho algo bueno. Básicamente porque soy capaz de salirme de mi mismo al releerme y leerme como si fuera otro. A veces me gusta lo que escribo y otras veces sé que he escrito algo sin corazón y sin alma. Por eso ahora me da igual si redacta la IA sin alma y sin corazón. Cuando yo escribo lo que yo escribo se nota que lo he escrito yo.
No se puede decir que no haya tenido suerte. He tenido tanta suerte que tengo el problema del no problema. Mi vida es convencionalmente cómoda. Tengo los problemas del no problema. Tengo el problema de quien no es capaz de resolver el problema sabiendo la solución. Aparentemente no tengo problemas económicos, no tengo problemas de salud física y no tengo problemas de pareja. Si no puedes explicar uno de los problemas del catálogo de problemas convencionalmente aceptados es dificil aceptar que tienes un problema. Entonces tienes el problema del no problema. ¿Si no tienes ningún problema por qué te sientes mal? Y el juicio sumarísimo te condena a un fusilamiento inmediato: el problema eres tú.
Esa es la peor conclusión. A partir del problema del no problema solo puedes luchar contra ti mismo. Deberías ser feliz si no tienes los problemas del catálogo de problemas socialmente aceptados como problemas. Si no lo eres quiere decir que el problema no está fuera, el problema eres tú.
Entonces empieza una lucha contra ti mismo. Intentar solucionar el problema cuando el problema eres tú es cuestionarte sistemáticamente. Y eso genera un nuevo problema. Ya no sabes quién eres y tampoco quién querrías ser. Ya no tienes altas expectativas porque ni siquiera sabes si puedes tener expectativas. Para tener expectativas deberías tener deseos pero ya no te quedan. Todo lo que intentaste ha quedado intentado. Es absurdo intentar volver a cantar. Cantar es algo que pertenece a una edad. Quizá no cantar pero desde luego componer. Compones cuando te pasan cosas y llega un día en que lo que te pasa no es épico ni poético, es cotidiano y obligatorio. Nadie escribe poesia sobre lo obligatorio. La poesia sale del atrevimiento de no ser consciente de lo imposible.
Todo lo que intenté ha quedado intentado. Casi nada conseguido. Si supiera lo que es conseguir podría definirlo como conseguido. Conseguí cosas pero quise conseguir más. Eso te asfixia contra una almohada de expectativas pasadas. Las más absurdas de todas. No puedes cambiar lo que hiciste ni lo que quisiste. Quisiste eso y no otra cosa. A veces me planteo por qué quise lo que quise y me parece absurdo. Ese absurdo me lleva a la desesperanza. La pregunta surge inevitable: si lo que quise fue absurdo entonces lo que quiero me resultará absurdo en el futuro.
El bucle de lo absurdo me atormenta. Siento que tengo más años de los que tengo. Perdí la habilidad del atrevimiento. Ya no me atrevo a atreverme. Me falta la energía de la inconsciencia. Ser un inconsciente fue lo que consiguió sacarme de mis casillas. Las que me fueron asignadas. La consciencia de la realidad es la que te ata los pies al suelo. Eres feliz en tanto no eres consciente de quien eres y de quien te gustaria ser. Ambas cosas se parecen en la inconsciencia. Ahora solo me queda repensar. Pensar lo que ya he pensado. Miro el retrovisor y veo demasiados recuerdos que me quieren adelantar. Recuerdos que parecen promesas. Falsas promesas.
Cada mañana me levanto llorando. Las gotas de la ducha siguen su itinerario por dentro. Una cáscada de lágrimas recorre mi alma. Y pienso en si algún día volveré a creer en algo. Aunque ese algo sea absurdamente inalcanzable. Me pregunto qué debería intentar ahora para aligerar el peso del tiempo. El problema del no problema tiene una gran dificultad: no puedes compartirlo con nadie. El problema del no problema es solamente tuyo. Te inunda. Te absorbe. Tanto que muchas veces piensas en si preferirias tener un problema real para dejar de tener el problema del no problema. Es un bucle absurdo e infinito. Sin solución alguna. Bueno, quizá sí, un día sucede. Es cuestion de tiempo. Un día el problema del no problema deja de existir. Como tú. Como yo.
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