Ella te mira y sabes que se ha acabado. Te dispones a oirla aunque hace tiempo ya que no la escuchas. No deja de hablar aunque no consiga articular palabra. Se acabó. Fue una dulce mentira.

Comienzas la liturgia de cada sábado. Incluye aromas, esa camisa blanca que te hace volar, esas botas altas que te hacen sentir especial. Dibujas sueños en tus pestañas. Pintas de azul tu corazón. Te miras al espejo y no te reconoces. Solo sabes que eres una dulce mentira.

Entras al lavabo y se distribuyen las funciones. Tu aguantas la puerta. Él depura y reparte. Tú haces el tubo. Entras en el ascensor de la noche, que te llevará al octavo piso. Y esa sensación de aceleración. De velocidad. De vértigo que no es más que una dulce mentira.

Siempre te gustó sentir el eco de los graves en las paredes de tu alma. Los agudos te punzan el corazón para hacerlo palpitar más deprisa. Y las sirenas de Ulises te acorralan en busca de un abrazo. La luz parpadea y tus parpados se iluminan con un haz de dulces mentiras.