No me gustaba el fútbol: necesitaba comprenderlo todo

Durante mucho tiempo, cuando leía sobre altas capacidades, autismo o TDAH, me encontraba con expresiones como interés especial, interés restringido o hiperfoco temático. Las entendía en teoría, pero no acababa de reconocerme en ellas.

En los cuestionarios aparecía siempre la misma pregunta: ¿tienes o has tenido intereses de una intensidad inusual?

Yo pensaba en la palabra “inusual” y contestaba mentalmente que no. Mi gran interés había sido el fútbol. Y que a un niño le guste el fútbol no tiene nada de inusual.

El error estaba en fijarme en el objeto y no en la relación que había construido con él.

Porque una cosa es que te guste el fútbol. Que disfrutes jugando, entrenando, viendo partidos o formando parte de un equipo. Otra bastante distinta es que el fútbol se convierta en una arquitectura completa de conocimiento, identidad, memoria, orden y regulación emocional.

A mí no me interesaba únicamente como deporte. Me interesaba como sistema.

Desde muy joven quise conocer el reglamento, la historia, los mundiales, las tácticas, las alineaciones, los entrenadores, los estadios y las estrategias. Y, sobre todo, quise saberlo todo sobre el Valencia CF. No solo sobre el equipo que salía al campo, sino sobre el club como institución: su historia, su palmarés, sus símbolos, su estadio, sus transformaciones y el lugar que ocupaba en la ciudad.

Recogía las crónicas deportivas publicadas en papel. Grababa los goles narrados por la radio. Registraba en vídeo reportajes y programas para conservarlos. Construía un archivo cuando todavía nadie hablaba de “curación de contenidos” ni teníamos discos duros repletos de información.

Me aprendí el palmarés completo del Valencia y alineaciones enteras. Sabía cuántos espectadores cabían en Mestalla de pie y cuántos sentados. Conocía las dimensiones del terreno de juego. Seguía diariamente toda la información deportiva, por la mañana y por la noche.

Las paredes de mi habitación, salvo el techo, estaban cubiertas de pósteres del Valencia. En los juegos de chapas, cada equipación tenía sus mejores jugadores. También estaba el Subbuteo, con su reproducción en miniatura del campo, las posiciones y los movimientos. El fútbol podía trasladarse a cualquier formato porque el interés no terminaba cuando acababa el partido. El partido era solo una de sus manifestaciones.

Cuando el Valencia jugaba por la tarde y la retransmisión era por radio, me encerraba en mi habitación y cerraba la puerta. Quería vivirlo solo, con una concentración absoluta, casi como si se tratara de un acto sagrado. Aquello no era simplemente ocio compartido. Era una experiencia absorbente, ordenada y profundamente íntima.

Ahora entiendo que la diferencia entre una afición y un interés especial no siempre está en el tema. Está en sus dimensiones.

Está en la intensidad: cuánto espacio mental ocupa.

En la profundidad: hasta dónde necesitas llegar.

En la sistematización: si acumulas datos aislados o construyes una estructura completa de conocimiento.

En la persistencia: si el interés aparece de vez en cuando o vertebra años de tu vida.

En la función emocional: si además de entretenerte te ayuda a regularte, refugiarte, anticipar y dar orden al mundo.

Y está en la identidad: si dices “me gusta esto” o si, de algún modo, ese tema empieza a explicar quién eres.

Este matiz es importante porque algunos intereses pasan inadvertidos precisamente por ser socialmente aceptados. Un niño que memoriza horarios ferroviarios, clasifica dinosaurios o conoce todos los modelos de ascensores puede llamar la atención. Un niño que sabe de fútbol parece, sencillamente, muy futbolero.

Pero el cerebro puede estar haciendo exactamente el mismo trabajo.

La normalidad cultural del objeto oculta la singularidad de la relación. El fútbol fue mi camuflaje perfecto: nadie sospecha nada extraño en un niño rodeado de escudos, cromos, alineaciones y resultados. Incluso se celebra. Si el mismo grado de intensidad se dirige hacia mapas, matrículas, lavadoras o sistemas de alcantarillado, la mirada social cambia por completo.

Por eso conviene desconfiar de los listados de temas supuestamente “típicos” del autismo o de las altas capacidades. Lo relevante no es si alguien se interesa por trenes, astronomía, fútbol, política, música o derecho administrativo. Lo revelador es qué hace su mente con ese interés.

En mi caso, además, el fútbol no me aisló de la realidad ni me impidió estudiar. Sacaba buenas notas y podía atender otras obligaciones. Tampoco lo viví como una obsesión indeseada. Al contrario: probablemente fue una de las estructuras más positivas de mi infancia y adolescencia.

Me dio ejercicio físico, pertenencia a un equipo, reglas claras, objetivos concretos y un espacio de socialización relativamente previsible. Me permitió participar sin que toda la relación con los demás dependiera de la conversación espontánea. En el campo había posiciones, límites, códigos y una tarea compartida.

Mi puntualidad en los entrenamientos llegó a ser tan extrema que terminaron concediéndome un trofeo al jugador más disciplinado. Lo habitual era premiar al mejor jugador o al máximo goleador. Yo recibí un reconocimiento por algo que, visto retrospectivamente, encajaba perfectamente con mi manera de relacionarme con el mundo: compromiso, regularidad, cumplimiento y respeto casi literal por la estructura.

Nunca fui un gran futbolista, pero llegué a ser capitán. Se valoraba mi capacidad para leer el partido. Veía espacios, movimientos, riesgos y posibilidades. Quizá no tenía las mejores condiciones técnicas, pero comprendía el sistema.

Eso era precisamente lo que más me atraía del fútbol.

El interés especial no consiste necesariamente en desconectarse del mundo. A veces es la vía que una persona encuentra para entrar en él. Puede convertirse en un laboratorio donde desarrollar memoria, pensamiento estratégico, disciplina, comunicación, imaginación e identidad. Puede proporcionar seguridad en una etapa vital en la que casi todo lo demás resulta confuso.

También puede tener costes. Un interés muy intenso puede desplazar otras necesidades, dificultar las transiciones o generar malestar cuando alguien lo interrumpe. Pero sería un error definirlo únicamente por sus posibles efectos problemáticos. La investigación empieza a reconocer que los intereses especiales también pueden relacionarse con bienestar, aprendizaje, relaciones sociales, autoestima y desarrollo profesional.

Quizá la pregunta adecuada no sea: “¿Esta persona tiene una obsesión?”.

Sería mejor preguntar: “¿Qué función cumple este interés en su vida?”.

¿La estimula o la agota? ¿La conecta o la aísla? ¿Le abre caminos o ha empezado a cerrarlos? ¿Puede decidir cuándo entrar y salir de él? ¿Se ha convertido en una competencia valiosa? ¿Estamos intentando eliminarlo porque le hace daño o simplemente porque su intensidad nos incomoda?

Mi interés por el fútbol fue intenso, sistemático, identitario y, en algunos momentos, casi total. Pero también fue una tecnología de supervivencia. Me dio un mundo que podía comprender cuando el mundo general resultaba mucho menos legible.

Por eso algún día quizá escriba un libro sobre cómo el fútbol —o cualquier deporte de equipo— puede ayudar a una persona neurodivergente a atravesar la infancia y la adolescencia.

No porque cure nada. Ni porque todas las personas neurodivergentes deban practicar deporte. Sino porque, en determinadas condiciones, una pasión puede convertirse en refugio, lenguaje, estructura y puente hacia los demás.

Yo creía que simplemente me gustaba el fútbol.

Ahora sé que había construido dentro de él un lugar en el que podía vivir.