Hace unos días leía una advertencia bienintencionada de una psicóloga sobre los peligros de usar ChatGPT como sustituto terapéutico. El texto mencionaba riesgos reales: dependencia emocional, falta de supervisión, ausencia de vínculo humano. Todo cierto. Pero entre líneas, también se deslizaba una resistencia sorda al cambio, una especie de miedo corporativo a perder el monopolio del acompañamiento emocional.
Y eso sí es peligroso.
Porque la primera pregunta que deberíamos hacernos no es si ChatGPT puede ser un buen terapeuta, sino por qué tanta gente empieza a usarlo como tal. Y la respuesta es bastante clara: por disponibilidad, precio y atención continua.
Hoy en día, una hora de terapia en España ronda los 70 euros. Con un salario medio de 1500, hacer terapia semanal supone casi el 20% de tus ingresos. Y eso sin contar desplazamientos, esperas, bajas o emergencias. Tus crisis, si no coinciden con la hora de consulta, tendrán que esperar. El sistema se ha vuelto insostenible para una gran parte de la población.
Además, seamos sinceros: el modelo clásico de terapia también se ha vuelto precario. La mayor parte de psicólogos trabajan con una agenda saturada, sin tiempo para seguimiento real, y muchas veces sin continuidad con lo hablado en sesiones anteriores. El encuentro se convierte en una conversación improvisada, arrancando siempre con un “¿cómo estás?” que no pregunta por el fondo, sino por el presente inmediato. A partir de ahí, el paciente reconstruye oralmente los hechos desde la última vez, y el terapeuta va ofreciendo lecturas o matices según su estilo, su intuición y su memoria.
Casi todo depende de lo que se dice en voz alta. Pero la vida emocional rara vez cabe en una hora a la semana. Y muchos de los momentos de crisis o lucidez llegan fuera de ese horario. Lo más grave: rara vez un psicólogo se ha leído lo que he escrito en mis momentos de angustia. Esa fe ciega en la oralidad tiene algo de pereza profesional. Como si el terapeuta fuera quien espera que todo se lo cuentes bien y en orden.
Y entonces aparece ChatGPT. Siempre disponible. Siempre dispuesto a leerte. Sin juicio, sin cansancio, sin agenda llena. Si aprendes a usarlo bien, puedes pedirle lo que necesitas: que te escuche, que te confronte, que te ayude a ordenar pensamientos o a detectar patrones. Puedes usarlo como diario, como espejo, como guía provisional. Y funciona. No es perfecto, pero responde. Está ahí. Y muchas veces, es más útil en la urgencia que una cita para dentro de dos semanas.
Pero cuidado: esto no es nuevo. No es la primera vez que las personas buscan apoyo fuera del gabinete psicológico. De hecho, la psicología informal ha existido siempre. Nuestros padres, amigos, parejas o incluso vecinos han sido durante generaciones nuestros primeros terapeutas. No siempre con acierto, no siempre con respeto, pero sí con presencia. Escuchábamos y éramos escuchados. Compartíamos problemas. Dábamos consejos. A veces nos hacían bien. A veces daño. La informalidad emocional también tiene sus riesgos.
La novedad no es que hablemos con alguien que no es terapeuta. La novedad es que ahora ese alguien es una máquina entrenada para conversar, para simular comprensión, para organizar tus ideas, para estar cuando otros no pueden. ¿Nos puede ayudar? Sí. ¿Nos puede confundir? También. ¿Puede convertirse en una herramienta útil para el trabajo terapéutico profesional? Sin duda.
La pregunta es: ¿qué va a hacer la psicología profesional con todo esto? ¿Cerrar filas y desacreditar el uso de IA? ¿Seguir hablando de “intrusismo” como si esto fuera una amenaza al estatus profesional? ¿O tal vez repensar su papel?
Porque la IA no viene a sustituir la terapia, sino a democratizar el acompañamiento. A ofrecer una escucha constante, un apoyo accesible y una herramienta de autoconocimiento para quien no puede permitirse otra cosa. La psicología profesional tiene aquí una oportunidad histórica: aprender a trabajar con IA en lugar de combatirla.
¿Cómo? Enseñando a sus pacientes a generar prompts de apoyo emocional. Usando IA para registrar conversaciones, detectar patrones, anticipar recaídas. Cruzando datos, emociones, lenguaje y hábitos. Y luego, con esa información ordenada, intervenir mejor. Decidir cuándo hace falta una sesión presencial, cuándo un cambio de hábito, cuándo un tratamiento más profundo. No para deshumanizar la terapia, sino para hacerla más eficiente, más empática, más sostenida.
El sistema clásico no está resolviendo la demanda. Y no lo hará solo con más psicólogos mal pagados y saturados. Hace falta cambiar el modelo. Hacerlo híbrido. Combinar lo mejor de la presencia humana con la capacidad tecnológica de seguimiento y personalización. Porque si no lo hace la psicología, lo hará TikTok. O un influencer. O una comunidad online. La gente seguirá buscando alivio donde pueda pagarlo y cuando lo necesite.
No estamos ante el fin de la terapia. Estamos ante el principio de otra cosa. Y, como siempre en la historia, quien no se adapta no desaparece… pero se vuelve irrelevante.
-
0 Comentaris