Durante Tercero de BUP (Cuarto de la ESO) elegí letras puras como comentaba en el anterior post. Mi interés restrictivo era el fútbol a niveles estratosfèricos: historia de los mundiales, historia del Valencia, estrategia, alineaciones, calendarios... Eso no dejaba mucho margen a la sospecha de una inquietud intelectual superior. El futbol era cosa de gente poco versada. Ahora sabemos que la literatura sobre fútbol está valorada e incluso hay publicaciones (Panenka sería el mejor ejemplo). En Argentina o Inglaterra era ya frecuente la reflexión intelectual sobre el fútbol como fenómeno sociológico. Pero en España era solo el populacho (salvo Vázquez Montalban) así que yo solo era un obseso de la cultura popular. Bueno, de hecho lo sigo siendo pero ahora lo puedo decir sin "vergüenza". 


Pero la serendípia tiene sus caminos inexcrutables. Por un lado, antes de Supergarcía en la hora cero había una tertulia política en Antena 3 de Radio. Cuando todos nos cansamos del Butano y nos pasamos a la Ser antes de las 12 entraba la tertulia de Hora 25 con Carlos Mendo (mi primer conservador admirado) y Carlos Carnicero. Asi que con 16 añitos, me metía en la cama eso de las 23 y me enchufaba tertulias enteras de politica esperando que empezara la información deportiva. Esa rutina me calmaba. Me hacía sentir seguro. Con el tiempo he sabido la importancia de las rutinas para mi regulación emocional. 

Por otro lado en COU aparecieron lo que yo consideré mis primeras asignaturas maduras o que constituían un reto. Con todos los respetos para las dificultades de quien las tenga, el presente continuo y el presente simple no suponían ni un gramo de esfuerzo, les normes d'apostrofacio i el passat perifràstic me'l sabia de memòria, la Historia parecía que claramente los profesores se conformaban con una buena vomitada de contenidos memorizados con escasa comprensión. ¿Qué queda? Ah vale, latin, griego, educación física y religión (sí, Religión). Entonces apareció la Filosofia y aquello fue un reto. No escribían lo obvio. Tenía que leerlo varias veces. Leo muy  rápido y en diagonal. Tenía (y tengo) que leerlo varias veces y cuando por fin lo entendía para mí se abría una puerta, y luego otra puerta. Y sentía la sensación de que mi mente se expandía abriendo puertas. Cada puerta más interesante que la anterior. 

De manera paralela tuve un professor de valencià especial. Parecía inasequible al desaliento. Venía a un pueblo castellanoparlante con la energia y la ilusión de quien más que enseñar evangeliza. En aquella época, los departaments de valencià eran todos profesores jóvenes, innovadores, enrollados. Y allí apareció la sociolingüística y pude poner teoría y ciencia sobre las intuiciones de las que mon pare sempre havia parlat a casa. ¿Por qué nos habían ocultado eso tanto tiempo? Por qué tanta sintaxis y ortografía? No lo entendía, ni lo entiendo. Ahora se abrían más ventanas para comprender el mundo. 

Esto de comprender el mundo es fundamental en la Alta Capacidad. Toda mi curiosidad se basa en la perplejidad ante un mundo que no entiendo. Puede que eso constituya "doble excepcionalidad" (si no me canso de este blog lo abordaré algún dia) pero lo que es seguro es que nací perplejo y sin entender nada. No entiendo las reacciones de la mayoría de la gente, son demasiado irracionales, emocionales, les falta contención, autoanàlisis, autoconocimiento. Hablo en términos de mayoría estadística. Por supuesto que he encontrado gente reflexiva, serena y racional. Pero la mayoría se sítua para mi en lo imprevisible. Se enfadan por casas absurdas y pequeñas y no le dan importancia a cosas grandes y extraordinarias. 

Por ejemplo: mi selectividad alimentaria ha hecho que cada celebración gastronómica fuera un drama (especialmente para mi pero también para mi entorno). Pero yo siempre estuve perplejo. ¿Qué más da lo que yo coma? Solo es alimentación, consumo de nutrientes, solo es energía que me permita seguir vivo. Lo realmente importante de una reunión de personas es la presencia de las personas. Da igual si comes gambas o patatas. Es irrelevante. Es la mirada a los ojos de quien aprecias, el abrazo (aunque yo abrazo poco pero abrazo de verdad). 

Esa perplejidad me ha llevado a una curiosidad extrema para entender el comportamiento humano desde la perspectiva histórica, filosófica, grupal, individual, politica. Mi autor más admirado es Jose Antonio Marina y presenta una trayectoria de "curiosidad" parecida. Aún hoy sigo perplejo respecto a por qué somos tan gregarios, por qué somos tan tribales, por qué somos tan perezosos intelectualmente... Y sigo investigando, sigo intentando adaptarme a lo simple por mi tendencia a la complejidad. Mi última táctica es escribir para no hablar. Mi tendència a la complejidad (típica de los superdotados) estresa a mis interlocutores. Hago preguntas incómodas. Me gusta poner encima de la mesa la visión contraria. Me gusta la dialéctica como método de comprensión. Odio los lugares comunes y las small talks. Me aburren. Son demasiado obvios. Simplistas. Odio las soluciones mágicas y los planteamientos monocausales. En conclusión: soy un plasta si no me controlo. Puedo hacerlo -controlarme- y ser gracioso, frívolo, irónico y sarcástico. Pero esto del humor, también para otro día porque no hace mucho supe que más de la mitad de la población tiene dificultades para entender los sentidos figurados. Así que he estado más de 40 años pensando que era gracioso y bueno... quizá los demás no lo veían así.

Pero estábamos hablando del tránsito de la curiosidad al compromiso ideológico. Una de las características básicas (también otro día intentaré ampliación) es la intensidad emocional. Con 12 años cerraron los Altos Hornos del Mediterráneo a consecuencia de una reconversión industrial del ministro Solchaga. Los Altos Hornos eran la única industria que daba de comer a 4000 familias (en sentido tradicional, es decir, multiplicando por 4) en mi pueblo. Esa lucha marcó mi vida. Todo un pueblo junto peleando por su puesto de trabajo fue algo demasiado intenso para mi. Recuerdo la manifestación de los niños. En pleno mes de Julio (sin colegio) los niños del pueblo hicimos una manifestación propia sin adultos. Yo tenía 12 años y recuerdo ir escoltado por los "marrones" de la Policia Nacional. Recuerdo cortar una carretera general tirándome en el suelo para que no pasaran los coches. No yo, todos mis amigos estábamos tirados en el suelo. Imagínate eso con 12 años. Al volver de la manifestación y el corte de carretera volvimos a la asamblea que tenían nuestros padres en el campo de futbol. Las asambleas se tenian que hacer en el campo de fútbol porque era el único sitio donde cabía tanta gente. Era -desde luego- otra época, otro mundo y otra España. Pero a mi aquello me marcó para siempre. Los debates en casa. Mi padre se dedicó a grabar en vídeo absolutamente todo lo que salía en la tele. Y yo lo habré visto tres o cuatro veces todo el material. Aquello marcó mi vida para siempre por pura intensidad emocional: lo colectivo, lo común es lo único que podía garantizar que el hijo de un obrero pudiera llegar a ser universitario y tener oportunidades que solo  tenían los hijos de los ricos. 

De esa intensidad emocional (la general y la de aquel día) soy deudor toda mi vida. Todo mi compromiso social (sindical, político y asociativo) ha ido encaminado a devolver a la sociedad y a la generación de mis abuelos y mis padres lo que hicieron por mi y además intentar que mis sobrinos reciban todas esas oportunidades multiplicadas por cien. 

¿Suena cursi? Sí, ahora lo ideològico es otra cosa. Está llena de simplificaciones -la tecnologia manda y obliga a la brevedad. La politica se llega a ver como una salida profesional. Para mi solo fue mi "mili". Mi servicio social obligatorio. Mi manera de devolver el préstamo de estudiar cuatro años con beca en aquella universidad de los 90 donde nos agolpábamos en masa. 

Y allí sucedió. No voy a intelectualizar lo que nunca fue intelectual. Escogí la "línia en valencià" por puro miedo a "lo otro". Lo otro era un aula magna en Derecho con 300 personas sentadas y una de pie hablando. Una facultad de Derecho en la que "te guardaban sitio". Eso me aturdía. Me acojonaba. Así, aunque mi valenciano era todavía "de plástico" me atreví porque me aseguraron que las clases eran de 40 o 50 personas. Yo necesitaba eso. Un chico introvertido y miedoso necesita un escenario asequible, accesible. Un sitio controlable. Y allí volvió a explotarme la cabeza. 

De pronto, toda aquella conversación constante pero privada, hogareña y poco pública que mi padre había tenido durante años como militante "nacionalista valenciano" tenía sentido. Que nadie se soliviante, es irrelevante la ideología en este caso. Lo que quiero decir es que una experiencia que yo solo podía vivir en lo privado de mi casa y con mi padre se transformaba en un espacio de diálogo abierto. Lo explico un poco mejor: lo que yo sabía, aquello de los que sabía mucho... SERVÍA. Servía significa que me permitía relacionarme con iguales. Todos raritos. Claro que sí. Aquella línia en valencià era una atmósfera especial, una sensación de comunidad, de compañerismo, de horizonte común. Allí me volvió a petar la cabeza. Las conversaciones de bar, el primer encierro en el hall de la facultad, las cenas de clase. Las conversaciones de bar. Quizá lo más importante: el bar en el que yo no tomaba nada y hablaba poco pero escuchaba todo. 

Sin embargo, jamás (y jamás es jamás) supe que aquello era curiosidad extrema, altas expectativas, autoexigencia, intensidad emocional, alto sentido de la justícia y de lo moral, responsabilidad respecto a lo colectivo. Yo solo sentía que sentía mucho y muchas cosas. Pensaba que a los demás les pasaba igual. Años después empecé a identificar cada una de esas facetas como características de un patrón: el de la Alta Capacidad Intelectual. Revolución tras revolución. 

Todo era intenso. Muy intenso. Y entonces apareció mi primer ordenador clónico 486 y me volvió a petar la cabeza. Esta vez de manera ya imparable, exagerada, ansiosa, creativa y explosiva. Lo hablamos el próximo día.