Militar se parece tanto a militar que podría tener todo el sentido del mundo. La política era —nos dijeron— el arte de evitar la guerra. Pero militar es habitar la guerra con ropa de domingo. Implica más que un compromiso: implica un desgaste. Como intentar llenar un pozo sin fondo con cucharillas de fe.
Todos los mundos se hunden mientras otros tantos emergen. Pero la marea es la misma. Sube, baja, arrastra. A veces parece que uno se salva solo por haber aprendido a nadar sin preguntar hacia dónde.
He creído en tantas cosas que empiezo a no creer en nada. Primero robaron los otros, luego los nuestros, después otra vez los otros y ahora, otra vez, los nuestros. Solo que esta vez, ya no distingo unos de otros. Porque los nuestros ya son los otros. O quizá nunca dejaron de serlo.
El edificio que dibujé con doce años —con sus columnas éticas y sus ventanas abiertas al futuro— lo pinté con veinticinco. Le puse color. Lo vestí con cuarenta, con retales de luchas y discursos. Hoy entra en fase de derribo. No por falta de planos, sino por exceso de grietas.
Creer en una idea es, a veces, construir sobre arena con la fe de un arquitecto ciego. El esfuerzo de sostener una visión que no es más que una simplificación de la realidad desgasta más que decepcionarse. Es un cansancio lento, que se arrastra por dentro.
Lo último que se pierde no es la esperanza. Es el recuerdo.
Ya no recuerdo por qué empecé a militar sin vocación.
En algún punto, alguien me robó la ilusión. No sé quién fue, ni cuándo ocurrió. Pero ocurrió.
Un día miré a mi alrededor y solo vi figuras negras. Me miré al espejo y recordé que era un caballo de blancas. Siempre moviéndome en L.
Una forma extraña que ninguna otra ficha entendía.
La ficha incomprendida.
La casilla sacrificable.
En la escalera ideológica, cuando llegas al último piso, ya no piensas en el paisaje. Solo piensas en tirarte.
He visto tantos héroes morir con dignidad como traidores vencer con aplausos.
Y el eco de esas contradicciones retumba aún en las paredes de mi teclado, que antes echaba fuego y ahora se hunde bajo la lava espesa de la perplejidad.
Ya no entiendo lo que antes me parecía toda mi comprensión.
Escucho el eco hueco de consignas que se repiten como nuevas, cuando ya eran viejas incluso en la época en que creímos que podían ser útiles.
Releo ceremonias de iniciación a la locura de los extremos. Todos bailan una coreografía ensayada, impuesta por un DJ algorítmico que mezcla binarismos sin alma.
Se acabó el tiempo del pensamiento crítico. En realidad, se acabó el tiempo de cualquier pensamiento.
Pensar es invertir tiempo.
Y el tiempo es un lujo.
Una moda juvenil de los ochenta, cuando aún se podía perder el día jugando a las cartas con sietes y ochos.
París murió en el 68 y ya no me quedan cartuchos para ganar el peluche de la feria de esta semana.
El tiovivo nunca se detiene.
Hoy mienten los nuestros.
Mañana mentirán los otros.
El estribillo de los mismos errores está componiendo una obertura.
No tropezamos con la misma piedra: la colocamos, con esmero, en la puerta, para que cualquiera tropiece con ella.
Es un acto de fe. O de sabotaje.
Uno nunca pierde la convicción de subrayar sus mejores valores.
Pero puede perder el valor de subrayar lo obvio.
Un día, alguien —al verme abatido— me preguntó:
—¿Te has rendido ya?
Le dije:
—Aún no.
Quizá ya sí.
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