Casi como cualquier viaje se ciñe a sus pequeñas diferencias. A los momentos en los que consigues engullir las palabras que se te atragantan. La novela de Alicia Dominguez seduce porque clarifica la intimidad y desata la confidencia de una manera obscenamente secreta. La autora convierte Cádiz en tu pequeña patria y Lisboa en un pequeño laberinto de indecisiones incrustadas en el alma. Es una novela llena de mujeres que sobreviven a sus propias vidas, con hombres ausentes demasiado visibles, donde las generaciones invierten sus roles. Mujeres protagonistas en un segundo plano permanente.
El manejo del tiempo convierte el texto en uno de esos viajes eternos donde solamente te salpican chispas de actualidad que te recuerdan que debes alzar la mirada del texto. Cada escenario se convierte en un escondite donde contar un cuento antes de dormir.
En la novela de Alicia el alma tiene matices, la culpa se crea pero también se destruye o se transforma. La comida y la bebida son la lujuria de la literatura. Sin maniqueísmos, ni excesivos conflictos existenciales, con las descripciones precisas para no amargar ningún dulce. Los personajes se sientan frente a ti en un espejo, esperando que una niña les dé una clave de entrada al futuro. Los diálogos convierten ese coro interno que todos tenemos en una ópera de funambulistas. Sientes la necesidad de sorber la juventud de ella o de resolver los crucigramas de otra ella. Siempre ella.

Uno no puede evitar guiñar el ojo cuando conoce ese fondo laboral en el que crece la historia. La banca como vertedero de vocaciones. Pero acaba por tomarse una infusión de emociones frente a lo que un día alguien pensó que valía la pena contar. Desde la convicción de que el sabor de un buen libro está en un preciso pero pequeño detalle. Desde la sensación de que uno ha conseguido sumergirse en el centro de sus mujeres. En el centro de tus mujeres. En el centro de mis mujeres.