Era la tercera vez que recogía sus
cosas y tenían que cambiar de casa. Y Pau no acababa de entender
tanto cambio. Pero su padre le prometió que sería el último. Le
prometió que era el definitivo
Pau vivía en un pueblo de la costa
hasta que fue más prudente acercarse al interior. El mar andaba
embravecido y luchaba contra las playas. Y solía ganar. Poco después
tuvieron que trasladarse al norte. La temperatura en el sur era ya
insoportable. En cada pueblo fue dejando amigos y compañeros. Sus
padres se podían permitir los traslados pero algunos de sus amigos
se quedaron a expensas de la furia del mar. Y otros bajo la
injusticia del sol.
Esta vez parecía la definitiva. A Pau
le prometieron que nunca más volvería a llevar mascarilla al salir
al patio. Que se acabaron los túneles de aire acondicionado y las
lluvías artificiales. Pau podría usar la bici de su padre en lugar
de quedarse en casa aunque tendría que aprender a utilizarla.
El traslado era aquella misma mañana.
Debían acudir a la pista de despegue. Les acompañó su abuelo hasta
allí. Él decidió quedarse. Tantos años de militancia verde le
habían hecho coger cariño al planeta. Y aunque hubieran descubierto
otro con mejores características para la vida humana y el doble de
grande pensó que seguro que a él le quedaba menos tiempo que a la
Tierra.
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