
El efecto de la alas de la mariposa me llevó hasta aquella ciudad. Era la ciudad donde bajo los adoquines había arena de playa. En la ciudad hubo pintores sin oreja que coloreaban la vida de la lluvia y los canales. Los niños mayores y los niños pequeños pedalean en bicis que se elevan hacia el cielo. Los coches se convierten en la minoría absoluta de una votación inexistente. Es una ciudad donde no hay casas encantadas sino casas ocupadas. A la lluvía no le gusta ser pertinaz pero no puede evitarlo. Los rayos de luz caen a cuentagotas mientras las gotas caen como rayos. Pequeños personajes de ascendencia guevariana luchan sus pequeñas batallas diarias ayudados por armas de construcción evasiva que te ayudan a sintonizar canales que no entiendes. Era una ciudad sin caminantes y sin caminos pero que crecía al andar. La habitación del hotel deviene tu spa lingüístico donde recordar quien eres sumergido en lagos de tolerancia y diversidad. Los juguetes cobran un nuevo sentido y la filosofia griega pasa a los anales de las historias de vida que juegan al escondite tras una cortina.
En la ciudad encontré una niña. Me explicó que su mami da besos a su papi cuando está triste. Y que como hay papis que no tienen mami, las chicas de las ventanas les venden sus besos para que vuelvan a ser felices. Era Amsterdam, la ciudad de las mujeres que vendían besos. La que un día decidió si estabamos locos o simplemente constituiamos una minoria de uno.
En la ciudad encontré una niña. Me explicó que su mami da besos a su papi cuando está triste. Y que como hay papis que no tienen mami, las chicas de las ventanas les venden sus besos para que vuelvan a ser felices. Era Amsterdam, la ciudad de las mujeres que vendían besos. La que un día decidió si estabamos locos o simplemente constituiamos una minoria de uno.
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