Ayer cumplí 36 años. Hace 36 años que un niño de más de cuatro kilos descubrió por primera vez el mundo. Y desde entonces no he dejado de aprender cosas. Espero no dejar de hacerlo nunca. Mientras aprendes eres joven. Quien decide enseñar se hace un poco viejo. Este año he aprendido muchas cosas. Aprendí a bajarme del Dragon Khan de emociones y a subir en el Tutuki Splash mucho más tranquilo y refrescante. He aprendido que soy demasiado perfeccionista para conseguir ser perfecto. He descubierto que las rarezas se convierten en normalidades si das con la persona adecuada. Que la manías no son manías sino especificaciones y contraindicaciones del medicamento de la personalidad de cada uno. He aprendido que hay gente que te acompaña en etapas de la vida y hay gente que te acompaña en todas las etapas de la vida. He descubierto que las canas son más largas si las miras fijamente y las entradas más cortas si las miras fugazmente. He descubierto que vivir intensamente no es vivir deprisa ni hacer muchas cosas sino disfrutar las que hagas. He aprendido que existen los efectos colaterales de decisiones que siempre afectan a personas inocentes que pasaban por allí. Este año he tenido que cortar árboles que planté hace 13 años y duele. Duele tanto como talar una parta de ti mismo. Este año he aprendido que madurar es una cosa de las verduras y que prefiero seguir inmadurando y acostar la cabeza en lugar de sentarla. He aprendido que llorar es cosa de niños aunque se hayan hecho mayores. He aprendido que escribiendo se puede abrazar. Que abrazando se pueden escribir historias preciosas. Que el precio de las historias nunca viene marcado. Que la marca de lo sencillo es mi marca preferida. Y que prefiero la luz de la noche a la oscuridad del día.

Treinta y seis años después pocas cosas han cambiado. O quizá sí. Ya no peso cuatro kilos. Y miro al mundo con ojos pequeños pero muy abiertos.