El vecindario idílico es una serie danesa. Dinamarca ha conseguido encontrar la fórmula del éxito. Ha aprendido a hacer productos contemporáneos comprensibles en cualquier cultura, pero con elementos de softpower escandinavo muy potentes que se dibujan como siluetas detrás de la trama.
La desaparición de una au pair filipina abre la ventana para poner encima de la mesa, de manera sutil (y no obscena como el audiovisual americano), las contradicciones morales de una sociedad que se cree a salvo del conflicto. La trama en espiral te va haciendo creer y sospechar de todo el mundo con insinuaciones de guión. Todos podríamos llegar a ser asesinos mirados muy de cerca. El guión no empuja, susurra; y en ese susurro, nos devuelve la inquietud del espejo.
La serie utiliza la cultura aspiracionista en la fotografía. Los escenarios hipnotizan a quien los mira para, justo después, abrir las alcantarillas de la infelicidad de los ricos daneses. Casas luminosas, cocinas perfectas, urbanizaciones silenciosas… y sin embargo, un aroma de podredumbre flota en el ambiente. Lo bello no oculta lo terrible, lo embellece. Y eso incomoda.
Las continuas preguntas que debes hacerte al ver la serie, si consigues decodificar sus dilemas morales, se combinan en una excelente coreografía con la curiosidad del descubrimiento. No es una serie para resolver, sino para habitar. La sospecha no se disipa, se multiplica.
A destacar cómo se retrata la policía danesa: funcionarios que dudan, que tienen familia, que se equivocan. Como siempre en la ficción escandinava, los personajes tienen vidas personales y conflictos subalternos a la trama principal. Así se configura un mapa audiovisual que te permite visitar las zonas grises en lugar de seguir un itinerario marcado con una flecha en el suelo. El espectador tiene que caminar sin GPS, solo con brújula moral.
Siempre hay que reconocer cómo todo el equipo se pone al servicio de la narración sin la voluntad de destacar. Una fotografía moderada, con una iluminación moderada, con una dirección de actores moderada. Y sobre todo, la ausencia de palabras. Me apasiona cómo menos palabras y muchos silencios pueden comunicar tanto. El silencio en las series danesas es un personaje más.
Diálogos sin prisas y sin rodeos. Miradas que duran lo que tienen que durar. Planos que no temen al vacío. Una narrativa que confía en la inteligencia del espectador.
Tiene tantas derivadas que podríamos tener tres debates en cada episodio. Y no exagero: sobre el clasismo nórdico, el racismo amable, la fragilidad de los vínculos afectivos, la violencia contenida en los buenos modales.
Dinamarca ha conseguido algo que muy pocos logran: hacer ficción contemporánea sin renunciar a una ética de la contención. En un mundo saturado de gritos, El vecindario idílico demuestra que el susurro puede ser mucho más perturbador.
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