He pensado muchas veces en escribir en primera persona sobre ansiedad y depresión. No lo he hecho hasta ahora por las consecuencias sociales que acarrea hablar de una enfermedad tabú. Tabú por falta de información pero también por dificultad de empatía. La mayor parte de la gente piensa que la depresión es estar triste o desanimado y no es así. La cuestión es que los que tenemos depresión sabemos que si mencionamos la enfermedad la actitud de la gente cambia. Cambia por desconocimiento. No saben qué hacer y solo te ofrecen condescendencia y lástima. Lo que más odias en el momento duro de la depresión es dar lástima, convertirte en un lastre. 



Este post podria ser un libro porque he leído tanto estos años sobre ansiedad y depresión que me he hecho un poco experto en mi propia enfermedad. De hecho, fue el gran consejo que me dio el primer médico que me diagnosticó. Fue un médico joven que sustituía a mi médico habitual. Me dijo: "Lee sobre lo que tienes, eso no se va, aprende a convivir con ello".

Le hice caso a medias. Por un lado leí y por otro lado siempre pensé que se iría. Ya llevo 20 años así. Apareció con la llegada al mundo laboral. Apareció con mi primer fracaso social. Las aptitudes que yo había demostrado en los estudios (capacidad intelectual) no servían de nada en el mundo laboral intergeneracional. La banca no requería gente inteligente, solo requería habilidades sociales y emocionales. Justo las que yo no tenía. Hasta ese momento había vivido en un vagón generacional (solo me relacionaba con gente de mi edad) y cultural (solo me relacionaba con universitarios como yo). El mundo se me había caído encima.

La insatisfacción constante de mi director por mi poca insistencia y vocación comercial derivó en un trastorno de ansiedad. Me tomaba una pastilla cada seis horas de lo que vendría a ser Trankimazin. Y ni aún así estaba en calma. Llegaba a casa con dolor de todo mi cuerpo y dormía la siesta. Error: por la noche no podía dormir y necesitaba más pastillas.

Durante mucho tiempo esa fase tuvo idas y venidas en una especie de ciclo. Tres semanas podía estar bien y entonces tenía un bajón que me hacía desaparecer un par de días. Desaparecer era estar en cama prácticamente durmiendo todo el tiempo. Mi cuerpo decía: "para" .

En ese estado desarrollas una capacidad para mentir y que no se note. Al fin y al cabo son solo un par de días. Puedes estar malo. Puedes estar fatigado. Es fácil esconderlo. Pero la cosa fue a más.

Años después tuve que afrontar una crisis existencial: la decisión de dejar mi trabajo fijo y bien remunerado. Fue una decisión existencial porque afectaba a mi existencia. Ya no quería seguir perteneciendo al mundo bancario (enfermo de avaricia) ni al mundo sindical (enfermo de vejez, comodidad y autocomplacencia). Una decepción más. La decepción es un proceso de pérdida de la ingenuidad constante. Y yo he perdido unas cuantas por ser tan idealista desde pequeño.

Con cuarenta años la ansiedad se hizo depresión. Si hasta el momento lo que sentía era un nudo en la garganta, presión cardíaca y miedo (la base de la ansiedad es el miedo) todo derivó en abatimiento, cansancio extremo, ataques de tristeza constantes y rendición. La rendición no suele contar como síntoma pero por dentro lo sabes. Sabes que ya no puedes más y que te da todo igual. Te da igual lo que te pase y lo que pase a tu alrededor porque te ahogas y lo único que quieres es flotar. En mi caso nunca he llegado a tener pensamientos suicidas. Mi caso es leve. Solo siento que la cabeza se me llena de humo y todos los pensamientos se vuelven oscuros.

La descripción o análisis que yo he podido llegar a hacer de mi ansiedad y mi depresión podría ser:

  • Impaciencia. Empezaré confesando. Soy un gran impaciente. Todo me parece lento y aburrido. Mi velocidad mental es excesiva. Si no recibo impactos intelectuales, retos mentales con frecuencia, me aburro. El aburrimiento me persigue desde pequeño. Cuando pueda hablaré de esto con mi sobrino. Creo que queda poco porque ya habla como un adulto y se aburre constantamente si no tiene retos delante. En general todo es lento: la gente saca dinero lentamente del cajero, paga lentamente, hace cola lentamente, sale de los semáforos lentamente, escribe lentamente, cocina lentamente, piensa lentamente, lee lentamente. No entiendo como se puede vivir así. Ese es mi esquema de pensamiento. Lo cierto es que el que tiene el problema soy yo. Ser más rápido (procesar más información en menos tiempo) haciendo casi todo me da cierta ventaja en muchos aspectos pero es un problemón en otros porque no soy capaz de esperar ni de aburrirme. No lo soporto. Eso me conduce a una cierta adicción a la actividad mental que finalmente me satura o me aisla socialmente (por ejemplo en conversaciones sociales aburridas) y me hacer parecer antipático (aciertan en que soy asocial no en que me caiga mal la gente que tiene conversaciones franquicia). 
  • Equilibrio social. Si equilibro mi vida social con mi vida interior todo va mejor. Necesito estar solo varias horas al día. La vida social debe ser poco intensa (navidad, verano, fines de semana) para que pueda cargar las baterías. Mis baterías se recargan leyendo, durmiendo, viendo series, escribiendo, pensando y se descargan hablando de temas triviales, comiendo fuera de casa, celebraciones, pasear sin destino...). 
  • Presión social. La presión social es determinante para mi ansiedad y mi depresión. La sensación que tienes es que todo el mundo te está mirando. Una sensación absurda porque racionalmente sabes que tu vida le importa una mierda a los demás y tus pequeñas decisiones todavía menos. Sin embargo, por alguna razón pienso que mi vida está bajo lupa. Mis pequeñas decisiones son grandes decisiones en ese momento y el miedo a equivocarte en realidad es miedo a que te critiquen o te riñan. Sin embargo, en otros momentos me da absolutamente igual que me critiquen. La depresión es fragilidad en mi caso. Cualquiera con cualquier comentario en cualquier circunstancia es capaz de derribarme. Tengo una especie de autoestima selectiva. En algunos temas mi autoestima es invencible; incluso arrogante. En otros temas (sociales básicament) mi autoestima es frágil. Se rompe con acariciarla. 
  • Síndrome del niño incomprendido. Desde pequeño he tenido la sensación de que los demás érais raros. No entendía vuestras reacciones excesivamente emocionales y absurdas. Un problema requiere un cambio, un cambio requiere una decisión. Las emociones nublan la razón. Las emociones no permiten pensar con claridad. Aislarse de las emociones conduce a tomar mejores decisiones. Esta cadena de pensamientos es una verdad relativa. Por tanto es una verdad de matiz. No conviene aislarse de las emociones porque las emociones son muy importantes. No obstante es mi cadena de pensamientos. Y cuando no consigo aislarme de mis emociones me frustro porque me superan. Y pienso de mi mismo que soy débil. Desde pequeño me han puesto la etiqueta de raro. Ahora sé porqué. Para los demás soy raro porque soy frío. He entrenado una gran habilidad para aislar las emociones de las decisiones. Así me ha pasado varias veces a lo largo de la vida. La sensación con la que creces es que nadie te entiende. Primero nadie entiende los juegos que creas, luego nadie entiende que te pueda apasionar tanto una cosa (el Valencia CF), más tarde nadie parece entender ideales de justicia, responsabilidades políticas y finalmente nadie parece entender tu concepción de la vida dejando un trabajo tan cómodo y bien pagado. No te lo dicen. Pero tu sabes que te ven raro. 
  • Autonomía de decisión. Debido a que mi ansiedad es de tipo social relacionada con el concepto de responsabilidad prefiero trabajar solo. Así  yo decido mi estándar de acabado y no pienso si los demás siempre esperan algo más de mi. Tengo cierta capacidad de indulgencia introspectiva pero no exógena. Tengo tendencia a pensar que decepciono. Además la lentitud de los grupos me genera mucha ansiedad por la pérdida de tiempo que eso supone. Siempre he visto a los demás muy lentos para decidir cualquier cosa y al fin y al cabo la ansiedad tiene que ver con la velocidad de vivir. No quiero ni contaros los problemas que genera esto en una sociedad de servicios con paradigma extavertido. 
  • Ansiedad exógena o endógena? Hasta ahora puede dar la sensación de que son las circunstancias las que mandan en mi ansiedad. No es cierto. La ansiedad la creo yo. He observado la carga genética de mi familia. Yo con 47 años reacciono igual. Tengo un detector de rechazo instalado en el cerebro desde pequeño. Al mismo tiempo lo cuestiono todo como hace mi sobrino. Todo comportamiento gregario o toda norma la pongo en cuestión. Eso es internamente incómodo porque te da la sensación de estar permanentemente solo. La ansiedad la creo yo, sale de mi. Lo llaman ansiedad basal. La mía es muy alta, voy permanentemente a 120 y así en cualquier nueva circunstancia me paso del límite. Es especialmente significativa la concepción del tiempo. El tiempo debe ser aprovechado y por tanto no debe ser malgastado. Cualquier unidad de tiempo debe ser utilizada para algo útil o productivo. El único momento de relax que tengo es viajar porque es imposible hacer algo que mi cerebro considere productivo. Aún así, siempre que viajo voy apuntando ideas para hacer al volver. He estado años viviendo con una libreta en la mesita de noche para apuntar las ideas y que no se escaparan. Ideas de qué? Da igual, las ideas me entusiasman a un nivel que no me dejan dormir. Puede ser un artículo o un análisis. Como si de mi dependiera la solución a un problema que no está en mi mano (sino en la de mi grupo de adscripción) solucionar. 
  • Grande, todo es grande. Las decisiones son grandes, los problemas son grandes, las soluciones deben ser grandes. La tendencia a dramatizar incluye dimensionar por encima de lo habitual en los no ansiosos. Todo es más grave de lo que los demás diagnostican. La dramatización va muy bien para asumir responsabilidades (tengo unas notas buenísimas en todo lo que he estudiado) pero en lo cotidiano hace que todo parezca de vida o muerte y eso te hace morir muchas veces. La dramatización es la hermana de la grandilocuencia. Por alguna extraña circunstancia siempre he pensado que podría hacer algo grande. Racionalmente sé que no porque mi cerebro es disperso y mi pensamiento es constantemente arborescente con lo que es imposible que haga algo realmente bueno porque hago demasiadas cosas y ninguna puede ser lo suficientemente buena. Además eso de "bueno" depende demasiado del concepto de "reconocimiento social" y para ello hay que dedicar un tiempo para hacer spam que para mi es improductivo. La cuestión es que pensar en términos de grandilocuencia incluye pensar que la salvación del grupo de inmersión (tu intragrupo) frecuentemente depende de ti cuando los demás ni te lo piden, ni lo esperan, ni siquiera creen que haga falta salvar nada. Esto tiene relación con la capacidad de análisis y anticipación y planificación. Ya con 14 años asumí la portavocía para pedir la destitución de un entrenador al que apreciaba emocionalmente pero que no tenía formación ni capacidad para ser entrenador de niños. 
  • Analiza, analiza, analiza. Es herencia genética de mi padre. Luego diré porqué menciono tanto la genética. Analizarlo todo consiste en procesar mucha información (parte de ella introspectiva) en muy poco tiempo. A nivel profesional es una habilidad muy valorada en algunas profesiones y no tanto en otras (en banca no lo es porque quieren plantillas acríticas y robotizadas). Pero a nivel personal y en lo cotidiano es un tormento. Es un tormento analizarlo todo y es un tormento vivir con alguien que lo analiza todo. Hay cosas que solo vale la pena sentirlas. Hay cosas que son tan pequeñas que no requieren el más mínimo análisis. Pero mi mente lo analiza todo, absolutamente todo. Sea la educación de las hijas de mi mujer o sea mi propia rutina alimenticia. 
  • El análisis conduce a: anticipa, anticipa, anticipa. La anticipación conduce a la planificación. Anticipar significa hacer ver a personas cosas que esas personas no ven. En cualquier actividad humana social eso es un problema. Mi capacidad para anticipar circunstancias adversas es tan enorme que se convierte en un problema para mi y para la gente que vive a mi alrededor. Aunque no negaré que esa misma capacidad es la que ha hecho que pueda vivir sin trabajar por mi política de inversiones financieras e inmobilarias. Con buena información eres capaz de ir por delante de la gente "normal". La cuestión es que anticipar problemas puede ser una enfermedad porque te obliga a traerlos al presente y no sabes si realmente se producirán. Al traer al presente todos los escenarios pasas por todas las emociones de todos los escenarios. Si además tienes facilidad para traer primero los escenarios negativos te expones a una saturación emocional. 
  • Ultraresponsabilidad. En este caso no sabría distinguir si es genético o cultural. Ahora mismo me da igual. Soy ultrarresponsable selectivo. Es cierto que alguna cosas me la soplan y otras soy exageradamente responsable. A nivel intelectual y profesional soy ultrarresponsable. Puedes fiarte de mi al cien por cien en fechas de entrega y calidad del trabajo entregado, en acudir a citas y en asumir mi parte de colaboración en cualquier grupo. El problema es que si combinas esto con una mente dispersa puede ocurrir que asumas más responsabilidades de las que eres capaz de completar. Y esa diferencia tareas-tiempo puede llevarte a no dormir y a no vivir. Mi optimismo respecto a mis capacidades (trabajar sin descanso) me ha llevado a varias recaídas. Recomiendo relajar las responsabilidades y tener previsto el legítimo derecho al descanso. 
  • Ultrarracionalismo. Tiene que ver con la gestión emocional pero en una vertiente más filosófica. Creo en la racionalidad. Un problema requiere una solución. Sin datos no hay opinión. Creer no es verificar. Las emociones deben ser correlativas a los datos. La mayoría no tiene por qué tener razón. Los grupos son básicamente emocionales y extremos. Sin análisis no hay solucion posible. Sin planificar solo se puede improvisar. Si no anticipas la decisión te caerá encima. Vivir el momento es vivir a la deriva. Así es mi mente. Lógicamente muchos dirán que prefieren vivir el momento. De acuerdo, pero eso te hará vivir feliz de circunstancia en circunstancia. Lo ideal para mi (he visto gente que lo sabe hacer) es mirar los datos y mezclarlos con emociones. Así puedes encontrar el momento de decir las cosas y no soltarlas cuando se te ocurren. O acumular soluciones y compartirlas cuando son necesarias. La cuestión es que hoy en día las emociones lo manejan todo. El paradigma extravertido es así y la tecnología ha magnificado y prestigiado todas esas emociones. Lo ha hecho especialmente con las emociones positivas haciendo desaparecer las negativas. Grave error social que me ha dejado todavía más en fuera de juego. 

He mencionado varias veces la genética. Durante muchos años he intentado acudir a medios soft para resolver el problema. No negaré ni presumiré de haber usado literatura de autoyuda y científica sobre ansiedad y depresión. La cuestión es que he acudido a cinco psicólogos en total. Mi impresión siempre fue la misma: los psicólogos pueden tratar mentes no complejas. Para tratar mentes complejas necesitas un filósofo que sepa algo de psicología. Ir al psicólogo para que me dijera lo que ya pone en los libros no me satisfacía. Y además son caros. Sí, son caros. No entiendo por qué la principal enfermedad del siglo XXI está privatizada. La gente está muriendo por enfermedades mentales en todo el mundo pero nadie hace nada porque puedes ir al psicólogo privado a 50 euros (con suerte) la hora. 

Finalmente empecé a leer en términos de ciencia. No sé como  a un ultrarracionalista como yo no se lo ocurrió antes. No soy tan listo. Las lecturas me condujeron a leer sobre alta capacidad intelectual y posteriormente sobre introversión. Una combinación jodida si además le unes la creatividad. Entonces empecé a estirar del hilo. ¿Y si no fuera culpa mía? ¿Y si me hubieran dibujado así? ¿Y si tengo tendencia genética a comportarme de una determinada manera? ¿Y si algo le pasa a mi cuerpo? 

Las lecturas combinadas de alta capacidad, introversión y ciencia de la felicidad (gracias Eduardo Punset) y un factor detonante (la derrota personal mental ante la enfermedad) me llevaron a psiquiatría. Sí, acepté la palabra psiquiatría. Y ahora estoy feliz de haberlo hecho. La biología manda muchas veces. Puede que fuera genético o puede que fuera que actuar tantas veces con parámetros de un tipo te lleve a consecuencias biológicas pero la cuestión es que mi cuerpo y mi mente necesitan un pequeño refuerzo.  Tomo la medicación mínima de un antidepresivo indicado para controlar también la ansiedad (Heipram). Tomo la dosis mínima diaria y hace tiempo que los bajones han remitido. Los ataques de tristeza se han reducido y al menos estan relacionados con hechos externos objetivos que producen preocupación. Su duración se ha reducido y consigo recuperarme antes. Soy mejor pareja porque tengo más tiempo de buen humor y menos irritabilidad. Y no me siento más débil por no poder resolverlo con entrenamiento psicológico. Otras personas tienen diabetes. Yo tengo depresión leve. Necesito ayuda química. Sí, soy un yonki de una pastilla de la felicidad. Tomo soma de Huxley para simplemente no ser grandilocuente, no dramatizar, descansar de algunos análisis, no estar irritable, no llorar con cualquier canción, no desesperarme al ver las noticias. Tomo una pastilla para reaccionar con menos intensidad y poder vivir más tranquilo. Bueno, y algunas decisiones personales que han ayudado mucho. Pero eso será para otro día si me sigo atreviendo a hablar del tema.