Todo empezó con un final repentino. Rompiendo las cadenas que te unían a una tierra sin profetas. Fue ese año en el que te arrancaste las raices para poder seguir creciendo. Incomprendido como siempre. Entusiasmado como nunca. Viste como ella se alejaba en la vagoneta sola, huyendo del colegio con el empollón de la clase. Y así se adentraba en el fuego del resto de tu vida. Como una estrella que aparece fugaz cada mes de diciembre.

Todo empezó con la traición de Wendy. Demasiado viejo para ser Peter Pan. Demasiado joven para renunciar. Pero tienes suerte de haber tenido tanta suerte. Suerte de poder mirar a través de los ojos de un niño con la melena que nunca tuviste y el ímpetu que encontraste demasiado tarde. De mirar a través de los ojos de una niña que se limita a soñar y a mirar. Como tú que te explicas tanto porque no te entiendes. Sentado detrás de las sombras de la caverna viendo como manejan los muñecos. Gritando contra la almohada secretos públicos. 

Las agujas del reloj te pinchan a cada año que pasa. Pintando de ceniza tus ideas. Desgastando creencias. Creiste en tantas cosas que ya te quedan pocas en las que creer. Quizá creer en ti. Con una paciencia recién comprada que no es más que una impaciencia reciclada y mal disimulada. Ya no agitas el mundo porque decidiste bajarte en la última parada. Justo antes de que descarrilara.

Viviendo en un iglú descongelado. Te sobra todo lo que no necesitas. Y te compras una parcela de futuro. Volviendo a la infancia para aprender a leer y a escribir. Cartas de amor con letra de caligrafía. 

Te alejas del ancla para que parezca que navegas. Con las luces largas siempre puestas para deslumbrarte. Enfrentando una década que no sabes si será prodigiosa. Andando más despacio para disfrutar mejor del paisaje. Sin mirar el marcador. Solo para ver un pequeño detalle. 

Fue un año sin viajes hacia fuera pero con viajes hacia dentro. Metido en un cuerpo débil y una mente demasiado amplía y sin indicaciones donde acabas indefectiblemente perdido. Quemando postales del extranjero para poder volver donde solíamos gritar. Enterrando recuerdos que un día guardaste por si te hacían falta. Regalando tu última caja de galletas a quien te dio tu primera leche. Encontraste un nuevo escondite donde salirte con la tuya. Escondido en mitad de una pared, convertido en diana involuntaria. 

Alguna decepción y muchos cubitos de entusiasmo en el congelador. Por si un día los necesita ella para refrescarse. Noches sin gloria. Cuando ya no buscabas alguien con quien acostarte sino alguien con quien despertarte. Veranos de descanso de alguien que no está cansado. Buscando las mayúsculas del verbo amar. Amores incompletos. Amores a tiempo parcial. Amores inconclusos. Quizá sea un buen momento para pedir perdón a las ilusiones heridas con plumas de acero. Perdiste los planos que un día compraste en una inmobiliaria cuando solamente eras un proyecto. Mirando al mundo sin las gafas de cerca parece que haya menos defectos. 

Te levantas empujado por el calendario. Harto de ser feliz. El dolor duele menos. Enjaulado en una jaula con la puerta abierta. Alérgico a lo colectivo. Adicto a lo solitario. Solo en  una butaca de cine de doble sesión. Sin cromos que cambiar. Buscando los últimos fichajes. Cantando letras incomprensibles. 

En el reino de las sonrisas la seriedad vive fuera del castillo. La sonrisa del niño triste se cotiza demasiado. Y te limitas a pensar que quizá un día, al contar un cuento, ella se quede dormida. Y no despierte hasta que no le des un beso.