No recordaba lo que había soñado pero sabía que había soñado. Era sábado y aunque tenía hora de despertarse no tenía hora de levantarse. Lo intentó. Pero no pudo. Sus piernas no le hacían caso. Sintió miedo pero no llamó a nadie. Se quedó en la cama destapada mirándose los pies intentando mover cada dedo. Pero no podía mover ninguno. Las piernas pesaban muchísimo y de cintura hacia abajo no dominaba su cuerpo.
Pensó que seguía soñando y esperó hasta que no pudo esperar más. Y llamó a su madre. Y su madre llamó a su padre. Todos muy preocupados la pusieron en pie para intentar que la sangre bajara o provocar algún movimiento. Pero las piernas de ella no respondían.
El médico no tardó en llegar. La examinó. A falta de muchas pruebas diagnósticas no existía ninguna razón aparente para que las piernas se quedaran sin fuerza.
Así que allí se quedó. Tumbada en la cama leyendo, llorando, esperando. El lunes tenía que ir a la universidad. Pero no pudo asistir. Sus compañeros fueron a verla para animarla un poco y llevarle algunos apuntes mientras se recuperaba. El segundo día apareció él. Un compañero al que miraba mucho y admiraba un poco. Le dio vergüenza que la viera así pero la emoción de que viniera a verla pudo más. Ella sabía que él también la miraba mucho y la admiraba un poco. Esas cosas se saben, se imaginan o se intuyen porque las miradas se cruzan en momentos inexplicables que se tratan de explicar después con coartadas imperfectas.
Al despedirse él se acercó y le dio un beso en la frente. Ella notó un cosquilleo que le recorrió todo el cuerpo. Y de pronto, se levantó de la cama. Sus piernas volvían a ser fuertes. Largas, casi interminables, delgadas pero fuertes.
Todos pensaron que tal y como vino se fue.
Llegó la noche de nuevo. Habían sido unos días extraños. Y se quedó en la cama destapada, mirándose los pies, y moviéndolos constantemente para comprobar que todo iba bien. Y así se durmió.
Por la mañana intentó levantarse. Y volvió a llorar. Las piernas seguían dormidas. Tampoco podía moverlas hoy. Y lloró. Y lloró pensando que estaría el resto de su vida sin saber cuando podría moverse y cuando no.
Entonces recordó que había quedado con el chico, admirado y admirante, por la tarde. Le avisó de que no podría asistir. Él le pidió permiso para ir a verla a casa.
Al llegar le dio un beso de bienvenida en la mejilla. Ella notó un cosquilleo. Y se levantó.
Desde entonces duermen juntos. Y cada mañana él la besa. Y ella siente un cosquilleo. Y así cada mañana. Su fuerza está en sus besos.