Cuando iba a casa de mi abuela todo estaba guardado en cajas de galletas. Son esas cajas de decoración recargada, metálicas, que siempre tienen abollada una parte, que cuesta abrirlas y tambien cerrarlas. 
Aquellas cajas de galletas eran como cofres del tesoro. Algunas tenían dinero repúblicano que nunca volvió a tener valor a pesar de todo el valor que demostraron. Otras tenían postales de soldados que enviaban cartas a sus novias desde el frente deseando volver con vida a la vida desafiando la muerte. Otra caja contenía mi Exin Castillos. Nadie recuerda donde acabó la caja, aunque todas las piezas crecieran dentro ella y se convirtieran cada día en una cosa diferente. Lo mío nunca fue construir murallas sino tender puentes. Lo mío nunca fue la vigilancia sino la mirada. 
En mi caja de galletas ahora guardo galletas. Cada  mañana la abro y recuerdo que junto a las galletas siempre acaban por aparecer un montón de secretos compartidos, algunos problemas acumulados, quizá algunos sueños irrealizables. Incluso entre galleta y galleta puedes encontrar versos de una canción que solamente podremos escuchar tu y yo.